El Engaño
-¿Cuántos hay?
- Cinco.
- Envuélvelos bien
para llevármelos al pueblo.
Pero no había ni uno.
Aquella tarde, papá llegó, al cabo
de ocho días, por el camino de la toma de agua. Apareció caminando, como quien
no quiere hacer ruido, por encima de la laguna. Y así nos sorprendió. Ni los
perros se percataron de su cercanía. Nosotros y los perros estábamos
acostumbrados a verlo aparecer a caballo, por el camino grande de la colina en
que se ocultaba el sol. Pasado el mediodía nosotros y los perros vigilábamos
ese camino. Y en cuanto divisábamos la figura de nuestro padre cabalgando sobre
el viejo caballo blanco cenizo,
corríamos a arreglarlo todo, a cubrir lo que estaba mal, a componer lo que
habíamos descuidado o a disimular lo que, por jugar, habíamos malogrado.
Nosotros éramos cuatro hermanos y cuatro perros. Aquella vez, ninguno de los
ocho se dio cuenta a tiempo de la llegada de papá. La neblina que se arrastraba
por entre verdores de febrero, luego de la lluvia fuerte de medio día, nos hizo
perder el alerta. Y, sobre todo, la atención concentrada que pusimos a nuestro
juego, nos hizo perder todo control de los caminos.
Después de cerrar las vacas en el
pesebre y de tirar una buena ración de yerbas para los chanchos, emprendimos la
tarea de fabricar carros de arcilla. El ligoso barro lo obtuvimos de una
cantera que alguna vez, jugando a construir minas, descubrimos junto al arroyo.
Y con ese material ejecutábamos con mucho esmero el trabajo de moldear nuestros
vehículos. Hasta entonces yo no había visto de cerca un carro de verdad. Los
hermanos mayores, Gregorio y Venancio, habían podido ver ya en Picho-picho
muchos autos y camiones de verdad. Ellos habían ido varias veces ayudando a
papá a llevar la carga de papas para su venta en ese lugar. Nosotros, Pedro y
yo, éramos muy chicos todavía para arrear tan lejos los burros con carga. Y
aquella tarde debido a ese conocimiento, Gregorio y Venancio se pusieron a
discutir sobre la forma del motor, sobre el tamaño de los automóviles y sobre
si las luces de la parte de atrás eran rojas o verdes. En cambio, Pedro y yo,
inventábamos nuestros vehículos a como le parecía a nuestra imaginación y a la
habilidad de nuestras manos. Deshechos de botellas servían para hacer los faros
y las lunas de nuestros juguetes. Y así iban saliendo de nuestras fábricas los
autos y camiones de blanda arcilla, listos para ponerse a secar a la sombra.
Marca “for”, marca “Paguaray”, marca “Gregorio”, marca “Venancio”, marca
“Pedro” y marca “Víctor” íbamos compitiendo en cantidad y en apariencia de
carros. Y cuando no había acuerdo
respecto a cuál de las marcas era mejor, empezábamos en bandos de dos una
guerra con bolitas de arcilla lanzadas como proyectiles a cualquier parte del
cuerpo. Alguien de alguno de los bandos tenía que llorar. Sólo así
terminaba la discusión y la pelea. Una
vez secos y quemados en hornillos de piedra, esos raros aparatos nos servían
para recorrer largas y accidentadas carreteras que cada tarde construíamos por
entre piedras, arbustos, zanjas y acequias.
En vez de ruedas,
nuestros carros llevaban, en paralelo, dos pedazos de madera a lo largo de todo
el vehículo. Esas dos maderas rebajadas en las puntas delanteras, hacían dos
profundas huellas en la tierra húmeda de las carreteras. Manejar los vehículos
tirándolos con pita a mayor velocidad y sin salirse de las huellas ni de las
carreteras, era nuestra aspiración de pilotos.
Y así, aquella tarde
habíamos terminado la fabricación de nuestros juguetes, allí en el patio,
delante de la casa. Nos aprestábamos a recogerlos para ir a guardarlos bajo el
techo del criadero de cuyes. Fue allí que desde encima de la laguna vieja nos
llegó, como un primer foetazo, la amenaza que ya para nosotros era conocida:
-
¡Ahora
van a ver, carajo…!
Electrizados,
desorbitados, en un solo relámpago de espantos, saltamos como si una dinamita
nos hubiera hecho volar, mientras buscábamos la dirección más oportuna para
lanzar nuestros blandos juguetes. Todos coincidimos en tirarlos hacia abajo. Y
allí, al pie del patio, estaba la acequia plagada de pozos llenos de agua sucia
y barro podrido. Y allí se sumergieron, deformes, maltrechos, volcados, los
productos de nuestras manos, de nuestra fantasía de niños pueblerinos y
rurales.
Así,
aquella tarde, serena y pacífica, que había albergado entre nubes y lloviznas
la tierna creación de nuestros juguetes de arcilla, cayo arrasada, violentada
por una tempestad de golpes y tirones de orejas, de latigazos y empujones, de
palmazos y puntapiés, de gritos y amenazas, de recriminaciones e
interjecciones, ¡por qué están jugando, por qué no están pastando las vacas,
por qué entretienen a los perros, por qué han recogido tanta leña, por qué hace
frío, por qué cacarean las gallinas… por qué… por qué…!
Esa
tarde la violentada, la dolida, la desgarrada. Esa tarde la de pies
entumecidos, la de manos pintadas con barro negro. Esa tarde la de carros
deshechos entre el lodo, esa tarde como todas las de siempre, de camisas sin
botones, de barriga al aire, de rodillas con hilachas. Esa tarde, la de nuestra
infancia allí, en el campo, poblada de temores y frustraciones.
Sin
embargo, luego de los golpes y del espantado vuelo de las gallinas, mientras
los perros daban vueltas incomprensibles en el patio, pensando tal vez,
siguiendo el movimiento de sus tripas hambrientas, quien sabe, Gregorio decidió
realizar la más temeraria de sus hazañas.
-
¿Cuántos
hay?
-
Cinco
-
Envuélvelos
bien en el mantel para llevármelos al pueblo.
-
Bueno.
Pero no
había ni uno.
No
obstante, Gregorio extendió el mantel sobre el viejo cajón que nos servía la
mesa. Ese mantel, con pequeñas flores bordadas en rojo por mamá, servía para
llevar y traer los comestibles entre el pueblo y nuestro refugio campesino de
Paraguay. Gregorio extendió el mantel y, sonrisa maliciosa, miradas de costado,
ligeros dedos, empezó a envolver. Mientras tanto mi padre inspeccionaba cuanto
estaba a nuestro cuidado: chacras, animales, paredes, acequias y hasta flores y
cebollas. Nosotros y los perros, hundiéndonos de asombro y de miedo alrededor
de Gregorio, lo vimos atar finalmente el mantel en un nudo semejante a un asa y
colgarlo sobre el palo seco que estaba clavado en medio del patio.
Cuando
mi padre terminó de hacernos oír, vociferando, sus últimas órdenes, cogió el
mantel y partió llevando el pequeño atado en la mano derecha. Para mayor
seguridad, cogió una vara seca de eucalipto a modo de bastón. Así evitaría caer
y romper los huevos que debía hacer llegar hasta el pueblo. Lo vimos caminar
orillando la acequia, esquivando los lugares en que podría resbalar, saltando
piedras y pendientes, con cuidado, como si llevara un frágil tesoro. Según se
iba alejando, según se acercaba a la toma de agua, allá en la quebrada, último
lugar donde podríamos ver su figura: según lo veíamos avanzar pausadamente
hacia la noche naciente, una increíble sonrisa nos iba creciendo en nuestros
labios hasta cubrirnos todo el rostro y reventar, por fin, en una carcajada de
cuatro voces y cuatro formas de labrar al mismo tiempo.
Nos
habíamos comido todos los huevos que las gallinas depositaban en sus nidos. En
cuanto alguna de ellas cacareaba anunciando puesta, nosotros corríamos al
gallinero. Quien siempre ganaba, era Gregorio. A veces, Venancio. Recogida la
presa, hacíamos un ruedo de hambrientos
alrededor del fogón, mientras hervía el agua y se sancochaba el huevo. Luego,
devorábamos relamiéndonos la pequeña ración de clara o de yema que nos tocaba
según el buen humor o la voluntad de Gregorio que, por ser mayor, repartía en
orden y proporción de edad, tamaño y contextura. Yo era el menor, el más
pequeño y el más flaco. Gregorio se quedaba con la mayor parte. Y casi siempre,
por ese mal reparto, se desataba una batalla de empujones y arañazos que
terminaba con ollas y cabezas por los suelos. En ese caso nadie comía. Los
perros aprovechaban la reyerta y se engullían, también peleando y
entresacándolos de la tierra o la ceniza los desechos y residuos de esa guerra.
Fue así
que aquella tarde, cuando mi padre preguntó por la existencia de huevos, no
supimos qué responder. Creíamos que al declarar la verdad nos tocaría recibir,
con más violencia todavía, la segunda tanda de tironazos de orejas, de varazos,
de palmazos y de gritos y amenazas, aquel día, Pero Gregorio, sin vacilar,
respondió ¡cinco! En rápida inspiración. Mi padre se dio por satisfecho
–“envuélvelos en el mantel para llevármelos al pueblo”- y nosotros evitamos que
nos cayera, cuando menos aquel día, una segunda ración de maltratos.
Pasados
tres huaycos, uno por día, por la colina de Tupucuay, atado negro a la espalda,
sombrero blanco y vestido rojo granate, vimos aparecer a mi madre. Venía
ligera, como si caminase por el aire, como si estuviera cantando con su cuerpo
uno de los huaynos que ella sabía bailar cuando estaba alegre. No podíamos oír
si en verdad cantaba. El ruido del agua de las quebradas, el rezongar del
viento en los eucaliptos y el innumerable piar de los gorriones que inundaba la
mañana nos impedía saber qué es lo que venía entonando mamá. Corrimos a barrer
con ramas de verbena la cocina, el patio y sus alrededores. Empezábamos a lavar
la despostillada vajilla y a ordenar, doblando y sacudiendo, los pellejos y las
frazadas con que dormíamos. Siempre hacíamos ese homenaje a mamá. Y ella, a su
vez, solía traer fideos, manteca, arroz y otras cosas más para cocinarnos el
almuerzo. Sólo así cambiábamos de comida puesto que en Paguaray estábamos
habituados a comer papa en la mañana y papa en la tarde. Pero, además, mamá nos
traía galletas dulces y caramelos envueltos en papelitos de todo color. Por
eso, y por mucho más, nos gustaba que viniese mamá, que alegrase la casa, la
cocina, el patio, los eucaliptos, el campo y los vientos de Paguaray con su
rubicundo rostro, su figura ágil y menuda y su gran sonrisa, amplia y alegre
como las alboradas de abril.
Sin
embargo, no duró mucho nuestro contento aquella mañana. Por el otro camino, por
el de la toma de agua, vimos aparecer lampa al hombro, paso marcial, la silueta
gris-azul de papá. Sentimos derrumbarse como arena derramada nuestra alegría.
Pensando en los cinco “huevos” y en el mantel que Gregorio envolvió aquella
tarde de los carros de arcilla y los coscorrones
de papá, empezamos a temblar y a maldecir.
-
¡Tú
tienes la culpa! -encaramos a Gregorio.
-
¡Ya
nos hubiera pasado el dolor de los golpes!
-
¡Ahora
nos va a dar más fuerte que aquella tarde…!
-
¡Por
haberlo engañado!
-
¡Y
lo peor por que nos va a castigar delante de mamá!
-
¡Por
tu culpa, carajo…!
-
¿Qué
podemos hacer?
Nada.
Mamá ya estaba delante de nosotros. Su mirada risueña y tierna hizo nacer una
resignación laxa, dulce, en nuestra amarga tensión.
-
Buenos
días, mamá –saludamos.
-
¿Cómo
están mis pobres feos…! –dijo acariciando la cabeza de cada uno de nosotros.
–Todo cenicientos y flacos están –agregó. Y mientras recibíamos el saludo
caricia de mamá, los perros corrieron a cruzar retozando -¡quita perro carajo!-
las piernas de papá, más en señal de respeto que de cariño. Los perros también
sabían diferenciar sus saludos. Y nosotros creíamos que había llegado el
momento de cambiar la cara de alegría, por la del llanto. Pero quien traía otro
rostro era papá. Venía sonriente, casi silbando, casi bailando entre las yerbas
del camino. ¿Dónde había dejado su ceñudo gesto, su mirada dura y su amenazante
actitud de siempre? Nos animamos a saludarlo.
-
Buenos
días, papá…
-
Buenos
días- dijo con un aire cantor bajo sus bigotes hirsutos que no nos dejó la
menor duda de que estaba contento.
-
¿Y
los “huevos”? – nos preguntábamos para adentro.
-
¿Y
los “huevos”? – nos interrogábamos de mirada en mirada nosotros cuatro. También
los perros, al parecer, hacían lo mismo con sus colas. Yo empecé a dudar:
“seguro que este Gregorio tenía cinco huevos escondidos y nos hizo creer que…”
Venancio se me acercó y me susurró a la oreja derecha: “Creo que ha habido
milagro” Pedro daba vueltas y vueltas, de un lado y de otro, con su barriga gorda,
como quien no está convencido de algo. Pero, la manera cómo Gregorio rompía los
leños para encender el fogón, delataba que el miedo le estaba hirviendo por
dentro. Una pausa tensa de miradas dubitativas, de respiración contenida, de
lenguas duras, a las que se sumaban colas y orejas nerviosas, empezó a agitar,
como remolino, el ambiente naranja sobre verde de la mañana.
-
¡Así
que me hicieron el cojudo!- espetó en un solo golpe mi padre y todo quedó
congelado. Yo me sentí como una “huanca”, como una piedra larga que se clava
sobre la tierra. Pedro quedó como una bola en el aire. Venancio, un muñeco de
arcilla negra con la boca torcida. Y Gregorio, ¡praachch!., se hizo una herida
en la mano al romper un palo seco de eucalipto. Estábamos al descubierto. No
había habido ningún milagro. Empezamos a derretirnos como la nieve ante el sol.
Mamá vino en nuestro auxilio. Empezó a reírse con todos sus ojos.
-
¡Cinco
papas, cinco papas..! –dijo. Y nosotros, bola, huanca, barro y mano herida,
empezamos a sudar achicándonos de rubor sin saber si reírnos o llorar.
-
¡Cinco
papas, cinco papas..! ¡Qué bandidos son ustedes! Cuando fui a sacar los huevos que tu papá había hecho
llegar en la noche, cuando desaté el mantel pesando freír dos huevos para el
desayuno, al otro día, encontré cinco papas medio largas, medio redondas, en
vez de huevos… ¡Ah, bandidos, arrastrados..! –siguió riéndose. Nosotros, bola,
arcilla, agua, sangre, queríamos escapar, queríamos correr a toda velocidad,
como nuestros carros de arcilla, lo más lejos que pudiéramos ir. Por eso nos
pusimos a mirar las carreteras que habíamos construido para jugar y que serpenteaban entre piedras y arbustos
desde el patio hasta perderse más allá del aliso y la laguna. Pero una
carcajada desconocida, una carcajada enorme, abierta como un relámpago de
alegría debajo de los bigotes hirsutos de papá nos hizo saltar el corazón como
quien revive, como quien vuelve, desde el fondo de un pozo, a ver el cielo azul
en toda su luz. Nos sentimos felices, más alegres que cuando jugábamos con
nuestros carritos de arcilla, los más bonitos, los mejores carros que hubieran
podido moldear nuestra imaginación, nuestras manos.
Nos
echamos a reír. Lo hicimos como nunca habíamos reído: mirando de frente y sin
temor a la cara de papá, mirando los dulces ojos de mamá, confundidos todos en
una misma carcajada, en un solo repiqueteo de alegría. Y los perros nos
acompañaron con luminosos saltos a la luz dorada sobre verde florido de la
mañana. Cuando volteamos la mirada hacia el lado donde se encontraba Gregorio,
lo vimos como un gigante sobre los cerros.
Y
entonces nos dimos cuenta que ya estábamos creciendo. Y que papá también estaba
cambiando.